En Navidad coronábamos el árbol con una centelleante estrella
de cristal que acaparaba todas las miradas, pero un día se hizo añicos al
impactar contra el suelo. El hermoso fulgor quedó dividido entre una multitud
de minúsculos trocitos y perdió toda su fuerza.
Mi madre barrió el parquet con ahínco tratando de recogerlos
todos mientras mis hermanos sollozaban rogándole que los pegara. Ella dijo que
no merecía la pena, que acabaríamos cortándonos, pero insistieron tanto que mi
padre terminó contagiado y estuvo tres días concentrado en la reconstrucción de
nuestra estrella.
La mañana del día de Reyes regresó al árbol. Aún puedo recordar el regocijo que su resplandor me producía.
Blanca Green

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